Saturday, June 17

Mi amigo el Madero

Las señoritas del Corte Inglés me traen por la calle de la amargura, con sus blusitas verde manzana y sus faldas rodilleras. Estoy seguro de que pasan un casting porque todas son guapas, lozanas y espectaculares, además de educadas y serviciales. Les confieso que cuando me levanto con el pie izquierdo me paseo por el centro comercial, divagando en voz baja entre botes de perfume y corbatas, esperando que alguna pique el anzuelo y con esas enormes sonrisas de perlados dientes blancos se me acerquen y me colmen de cortesías y buenas palabras…

No sé si, alguna vez, les he comentado pero yo tengo un amigo, de esos de infancia de bocadillo de chorizo playero, de pacto de sangre y peleas infanticidas; uno de esos amigos que se tienen para toda la vida, que te abren su puerta de par en par, casados, al cabo de los años, a las tres de la mañana y tú oliendo a alcohol que apestas, con una de esas curdas lloronas; los dos críos en la cuna y su mujer cabreada; que es policía. No es que fuera una vocación temprana. Verdaderamente, le hubiera gustado ser escritor, pero como suele pasar en este país, y en otros, que de esto no se libra ninguno, le dio pereza pasar hambre el resto de su vida, y tomó la opción de ingresar en el cuerpo como su padre, y antes que él su abuelo, y así una larga lista de generaciones parentales, que me sería costoso y a ustedes tedioso, si tuviera que enumerar.

El asunto es que mi buen amigo, ese que les comenté que tenía una paciencia que tiende al infinito y una caridad cristiana más grande que el Vaticano, es policía. Comenzó de número, haciendo prácticas en Carabanchel Alto y acabó de subinspector en Santiago. Allí se casó con una farmacéutica, de buena familia, pero buena persona. Fue un flechazo a lo película de Hollywood, con un apasionado beso al final y fundido en negro. Yo asistí a su boda, allá por el noventa y cinco, y también al nacimiento de su segundo hijo. Un varón pequeño y con cara de pillo, que parece nacido para ser un gran sinvergüenza, mujeriego y simpático, que se pasa los días jugando a los vaqueros con sus amiguitos en el parque.

Hace unos días, cuando regresé, con mi pata de palo y mis historias, me invitó a cenar a su casa. Obviamente, los niños se van haciendo grandecitos y su mujer cada vez me tolera menos. Soy como ese amigote solterón e inmaduro que da por culo en los estables hogares, en toda comedia de situación que se precie, aunque, más que para farmacéutica debería haber ido para actriz, disimula con pasmoso arte; con una sonrisa franca, y un comentario amable siempre saliendo de su boca.

Mientras cenábamos, me contó lo tranquilo que vivía. Que si un altercado de estudiantes, que si una pelea doméstica, que si un traficante al por menor vendiendo género en la Herradura, que si un gamberrillo… menudencias, o sea, tranquilidad, calma chicha.

A los postres y el café, allá de madrugada, nos fumamos un puro, y me despedí. Un buen abrazo, fuerte y firme. Dos “muaks” protocolarios a su señora, y un hasta pronto.

¡Qué bien vive este condenado!, pensé.

Claro, que no me quería acordar del disparo que le metieron en el vientre y a punto le estuvo de costar la vida. De la vez que le denunció un hijodeperra por abuso policial, cuando el muy canalla le estaba propinando una buena somanta a su mujer. No me quería acordar, de cuando vivió en el País Vasco y se escondía como una alimaña en las tinieblas de la noche, viviendo cagado de miedo, y más miedo que pasaba su mujer e hijos cada vez que en el telediario de la tarde salía un ataque terrorista. No me quería acordar, de su mierda de paga, y de que faltó un colín para tener que hacer horas extras de taxista en turno de noche, si no fuera porque su señora se puso a trabajar de manceba en la farmacia de otro. Claro, de eso no me he querido acordar.

Y, estoy seguro, que el fiscal general, que ayer humilló a nuestra policía nacional a golpe de insulto culto y mediático, tampoco se quiso acordar de las penurias que pasan. De cómo se juegan el físico cada día y cada noche en las calles, velando, como ángeles de la guarda, para que usted y yo podamos intentar salir a pasear sin tener un mal tropiezo. Sí, está claro, no se quiso acordar.

Pero yo, que estoy lúcido hoy y despejado, me he acordado, y me ha dado dolor de vientre y de pecho y de corazón, y hasta vergüenza ajena… Y al salir a la calle, y encontrarme con el coche patrulla que vigila la zona donde resido, y por lo tanto, hace que duerma tranquilo, tuve que agachar la cabeza porque me sentía culpable. Culpable por omisión. Culpable por no pararlos y darles un abrazo, y decirles que son los mejores y que no falten a su trabajo, aunque les menten a sus madres, que yo me siento tranquilo y sereno cuando les veo circular por la ciudad. Pero no me atreví, me pudo la timidez.

Y la timidez me bajo el ánimo, y tomé el coche, que estaba en la cochera, y me acerqué al Corte Inglés, a la planta de caballeros, donde una señorita muy educada y muy hermosa, que respondía al nombre de señorita Martínez, me atendió con una soberana excelencia. Y mientras ella me mostraba corbatas de terribles colores, yo contaba con los dedos los pliegues de su camisa verde manzana.

5 comments:

Teresa Queiroz said...

Olá
gracias por tu visita a mi blog

la arte anda por aqui...me encanto lo que e leído! hace mucho tiempo que no escrivo ni hablo castellano... te envito a visitar mi otro blog...
http://www.palavrasdateresa@blogspot.com
un béso

Corso said...

A partir de hoy, todo el que quiera, independiemtemente de su pertenencia o no a blogger, puede dejar su comeantario.

Anonymous said...

Yo trabajo en el Corte Inglés, y no sé si sentirme halagada o insultada.

Imagino que debo sentirme halagada, debo de ser como una especie de psicoterapia.

Un beso.

Me gusta como escribes.

Anonymous said...

Se me olvidaba, gracias por dejar abierto este espacio a que podamos opinar y poner comentarios todos.

Ya era hora.

Señorita Pazos said...

Trabajo en el Corte Inglés, Trabajo en el Corte Inglés... ¡anda, guapa! Date un paseo...

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