Thursday, March 2

Historia prometida.

(De cómo Maese Corso y el Maestro Armero conocieron a la Duquesa de Lara).

A la hora quinta, una noche estrellada por la cruz del sur, fondeados en la bahía de Valparaíso, acercose un bote con cuatro remeros, proel y popel, portando una dama hacia el navío.

Subieron primero los bultos, y después, con sutileza, en una canasta, embarcaron a una dama, la sobrina del gobernador de la provincia, Lucrecia de Campanella, Duquesa de Lara.

El capitán de la nao, después de rendir pleitesías, le besó la mano en cubierta; mano que ella no descubrió de su guante de piel negro.

Con voz alta y clara le inquirió, “¿Dónde se hallan los Maeses Corso y Armero, que mi tío, el gobernador a contratado sus servicios para mi protección?” El capitán miró hacia la banda de estribor donde nos hallábamos y con un leve gesto le indicó a la dama, tendiéndole el brazo, mas ella lo rechazó y se acercó a nosotros sorteando drizas, cabos y estachas.

- ¿Maeses Corso y Armero? – A la luz de la luna, en esos mares del pacífico su tez aceitunera resplandecía y sus ojos oscuros se convirtieron en dos llamas.
- Nosotros somos, excelencia. A su servicio.
- Mi tío les habrá puesto al corriente, que debo de regresar a las Españas.
- Cierto, excelencia. No perdais cuidado, que con nosotros estais a buen recaudo.
- Teneis ambos fama de pendencieros, pero buenos maestros con las espadas y la armas de fuego. Protegedme con fiero ahínco, que en llegando a Cádiz sereis bien recompensados.

Hizo un suave ademán con su mano, y se retiró a su camarote.

Los hombres de mar son supersticiosos y cuentan las viejas leyendas que llevar pasajeros, sobre todo si son hembras, traen desgracias para el barco, siendo este hecho más gravoso si se debe cruzar el cabo de Hornos.

La travesía, no empero, fue tranquila. La mar en calma chicha, y el viento fuerte nos empujaban por buenas corrientes hacia el cabo. Varios días después llegamos al cabo de Hornos, y como si el mismo diablo se interpusiera en nuestro camino, el mar se tornó fiero y traicionero, y sus olas como brazos nos envolvieron, arrastrando tripulantes, y pilotos hacia los fondos, que como si de su estómago mismo se tratare devoró sin piedad. Mas como el bien sobre el mal siempre triunfa, la intervención del divino se puso por medio, y pasado el cabo de Hornos, el diablo se retiró y la mar volvió a sosegarse. El viento sopló con fuerza y costeamos por la Argentina, hacia la ruta de los alisios.

A pocas jornadas de tomar la ruta de los galeones que desde las indias llevan el oro a España, un navío de pabellón francés nos interceptó por nuestra amura. Primero disparó dos cañonazos a nuestra proa para frenar nuestro empuje y pronto el capitán al ver su artillería mandó replegar las velas.

A trescientas yardas de nuestro buque, los gabachos apostados para el abordaje, el capitán mandó a la Duquesa y a su ama a su camarote, y ordenó a la infantería que se dispusiera por los palos y a los demás hombres que empuñaran sus espadas, mazas y ganchos.

A cien yardas, mandó el capitán abrir fuego a la infantería, que despellejó a esos perros en su primera línea, mas no hizo que se frenara la maniobra de abordaje.

Ya abordados comenzó el combate. Sacamos espadas y pistolones y cargados hasta los dientes entablamos lid, contra cualquiera que pusiera pies sobre la cubierta. Ya llevábamos cuarenta minutos de matanza y sangría, cuando al capitán una bala perdida le pegó en el pecho cayendo de rodillas primero, y luego boca abajo, muerto y frío. Su segundo, un cobardón que se escondía detrás del timón, estaba a punto de rendir el buque, cuando su contramaestre le golpeó en la cabeza con una jarcia, y seguimos entablando combate.

Algunos gabachos escurridizos se colaron en los aposentos de la Duquesa, y su ama a gritos pidió auxilio. Maese Armero y yo bajamos por la escala de proa hacia la bodega y de ahí hacia el castillo de popa, donde pudimos contemplar y admirar el arte con el florete de la Duquesa, que asestó de dos golpes certeros, uno en el brazo y otro en el pecho al gabacho que la tenía acorralada.

- ¡Maeses, cuidad de mi ama!, que para matar franceses se basta mi espada.- Dijo mirándonos con los ojos crispados y brillantes, excitada por el fragor de la batalla.

Y así estuvimos dos horas más, mandoble por un lado, rajazo por el otro, cuellos cortados, brazos y piernas y algún perdigonazo en la testa, hasta que un artillero avispado, camuflado entre esas bestias, les voló la Santa Bárbara, haciendo saltar por los aires al navío.

Y fue así y no de otra manera, como Maese Corso y Maese Armero conocieron a la Duquesa de Lara, en aguas de Brasil, colonia portuguesa, a primeros de marzo camino de las Españas.

4 comments:

Corso said...

Por cierto, Ojos Claros, deme la dirección de su blog, porque la que estoy leyendo pertenece a un señor y... una de dos, o me estoy equivocando de dirección o me está vacilando.

Y no es que me importe si es usted varón o hembra, pero ya sabe, al pan, pan y al vino, vino.

CaMpAnIlLa said...

Tan fiera...que me gusta. Nada de remilgos... pero en realidad soy mucho más dulce, no tan altiva, ni hago tanto tanto uso del desdén...desde luego...en que estima me teneis maese corso? ;P

Muchas gracias, me hizo ilusión compartir contigo el mismo barco, la misma batalla. Sólo una mirada... jejeje

Corso said...

Te tengo por una buena persona, aprendiz de periodista, pero la historia necesitaba un poco de desdén y altivez.

Un saludo.

El Corso

UnaChicaDistinta said...

Déjame una dirección de email, y te escribiré.
(Como guardas interés por mí, tendría que explicarte algo, que no tiene que ver con mi género, soy mujer a todos los efectos desde que nací que yo sepa hasta mis 33 años que tengo).
Pero el blog que tenía lo eliminé de internet, porque me cansé de todo un poco.
Te beso Corso. Te beso...

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