Sunday, February 12

Ídolos, mitos y el topo.

Vaya por delante, que “El bosque animado” lo escribió W. Fernández Flores, pero también es igual de cierto, que el topo, uno de sus protagonistas, murió cirrótico perdido de una embolia en un lupanar de la provincia de Ourense. Puestos a desmontar mitos, soy el primero, por eso nunca me he considerado un adulador de ídolos y siempre me ha parecido absurdo la idea de ser fan o tener un club de fans. Que sí, que parece una bordería, pues sí lo será, pero visto lo visto, prefiero andar por la calle como todo hijo de vecino que escoltado por cuatro guardaculos para que al final me metan un tiro a bocajarro delante de mi portal. Así sin más, porque al fan de turno, se le ocurrió la ridícula idea de que el famosote o famosete de turno estaba colado hasta los huesos por él, y que todo en la vida de éste, del infortunado cadáver tirado, tipo felpudo en la calle, pero más sangrado, giraba alrededor del susodicho obseso fan.

Y es que eso de idolatrar hasta el punto del fanatismo me parece casi, por no decir entero, enfermizo. Porque, seamos sinceros, ¿qué rayos nos importa si fulano de tal o mengana de cual hacen de sus vidas el pajar de los sentidos y lo cuenta cada día en las cajas tontas? El morbo, me dirán, y yo que soy muy borde les diré que morbo es mirarse el culo cuando uno tiene diarrea y lo tiene todo “colorao”, algo así como el trasero de un mandril. Pero mirar para el culo de otro, y si éste, el culo, no merece la pena porque no es melocotonero, como mucho aperado, me parece una falta de ingenio soberbia, y dice muy poco de quien se entrega a esas artes de prestidigitador de concierto, teléfono móvil en mano, haciendo fotos, que se convierten en borrones que nublan la vista de quien intenta observarlas.

Y después, y a todo, habrá quien se queje y escandalice y se rasgue las vestiduras porque cuatro, y quien dice cuatro dice cuatro millones, de señores con o sin turbante, barba o no de chivo, pero tez oscura, y mirada atravesada, incineran a golpe de mechero y cóctel molotov un par de embajadas. Pues, claro, no va a pasar… ya me dirán ustedes, que pasaría si a las masas uniformemente automatizadas que se arremolinan en Guadalix de la Sierra (o donde demonios se grabe el gran mierdano) se les provoca enseñando a la fresita de turno con bata y rulos. ¡Dios del amor hermoso! Sería el acabose, sería como volver a Mayo del 68 pero sin ideas, convencionalismos, imaginación al poder, intelectualidad y gendarmes. Sería como recrear en vivo y en directo la caída del muro de Berlín, en el 89, pero sin alemanes del este y del oeste, sin Perestroika y sin guerra fría y telón de acero. Sería una masacre que ni los más austeros antropólogos internacionales en conjunción con los más brillantes historiadores podrían haber imaginado, soñado, investigado y posteriormente editado rezando para que algún director falto de ingenio o carente de cerebro se los convirtiera en un largometraje.

¡Anda ya!, ahora nos vamos a echar las manos a la cabeza, como si nos hubiese propinado un batazo de baseball, un portero homologado de discoteca, que se suelen llamar normalizadamente matones, en toda nuestra cabezota, porque unos señores, que solemos etiquetar de vendedores de alfombras y relojes baratos se echan a las calles para reventar a punta de tijeretazo y gritos (por no decir alaridos) un par de sacro santas embajadas. Y bueno, si queman un par de banderas… uff, menos la nuestra, claro, que para eso estamos muy confusos porque no sabemos si somos españoles, catalanes, gallegos, vascos, hispanocatalán, hispanogallego, hispanovascuence, vasco francés o cualquier otra combinación matemática – etnológica que se nos pueda ocurrir.

Así que, puestos a desmitificar, rompámosle el culo al pobre topo del bosque animado, que se murió cirrótico perdido en un lupanar, la noche que se estrenaba una señorita muy guapa de una familia venida a menos de la capital… y puestos a especular, recuerden al altanero poste eléctrico, confeccionado con regia madera de pino, que se ahoga en un vaso de vino de brick desde que lo cambiaron por una de esas torres de alta tensión, que tan bien nos llevan la corriente de 220 a nuestras casas, amén de alterar, eso sí, artísticamente, el verde paisaje.

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