Friday, February 10

Un artículo anacrónico.

La lluvia caía ayer con insistencia en el norte, por aquello de romper la estadística del telediario y acrecentar ese paupérrimo tres por cierto con que se habían medido los pantanos; y es que era día de lluvias en Ferrol, un día de esos que escandaliza y aún tiempo se agradece después de tantos meses de sequía. Y, estando en estas vicisitudes y siendo esa franja horaria muerta que poseo entre las clases de violín de mi hija y el recogimiento hogareño, me refugié en una cafetería cerca del santuario de Nuestra Señora de los Dolores.

Huelga decir, que el café estaba extrañamente exquisito, y la bossa-nova vencía al murmullo de los pocos pero bien hacinados estudiantes que se agrupaban en las esféricas mesas, anegadas de libros de micro y macro economía, técnica y estadística y un largo etcétera de asignaturas universitarias. Hecho por cierto que me alegró y satisfizo al ver que todavía existen estudiantes que se sacan la carrera en los bares.

Pero, iré al grano. Decía que el día invitaba al recogimiento en una cafetería de esas, que sin ser de abolengo, asimilan con camaleónica suerte, ese efecto a decorado de principios de siglo veinte, con tenue luz, música relajada y quieta, y soberbio café en soberbia taza de porcelana. Mientras, por supuesto, mi hija arañaba con cierto talento no congénito su violín medio. Así, de esta manera, y sin apuntes que atender, destripar ni subrayar, tomé el periódico, y tras leer los acontecimientos internacionales y nacionales, haciendo un breve paréntesis en los deportes, me adentré de lleno en la sección de cultura. Y esto fue lo que me encontré. Seré breve: Galardón de novela infantil iberoamericana SM para Farias, Galardón póstumo a un dramaturgo cuyo nombre no logro recordar y me hace sentir fatal, el cincuenta aniversario de la muerte del filósofo Ortega y Gasset, y un largo artículo sobre la polémica suscitada por Juan Marsé ex miembro del jurado de los Premios Planeta, donde el citado autor de “…las bragas de oro”, exhortaba con acritud y prepotencia a los dos premiados, tachando la calidad participativa de escasa y bajo nivel. Ambos, claro está, se defendieron con uñas y dientes, heridos de muerte en su pundonor tocado, aunque aliviado por la cuantiosa soldada ganada.

Y, Marsé, he aquí a donde quería llegar antes de adentrarme en este laberíntico soliloquio maldito, postulaba que “por el libro o manual del buen escritor”, si uno clava un clavo en una pared en el primer capítulo, debe en algún momento, de la novela, colgar un cuadro. Obviamente, este hecho cuadricular me ha dado que pensar. ¿Está acaso la literatura maniatada a manuales y estrictas reglas protocolarias, o por el contrario la libre expresión manifestada en coherente o incoherentes palabras y plasmada en un papel en blanco deben fluir libremente y sin norma alguna, que no quebrante la semántica, la morfología o la ortografía?

Siempre he sido partidario de que la literatura, más allá de los movimientos en que se haya podido, en algún momento de la historia agrupar, es totalmente anárquica. Y creo, también, que es el único sistema ácrata que funciona, pues la literatura como ente y cosmos individual y particular de cada hijo e hija de vecino está o debe estar exenta de tasas, impuestos revolucionarios y normas dictatoriales acerca de su estructuración.

Los escritores, sean buenos o malos o regulares o terribles o geniales, son arquitectos que tienen la obligación de innovar, el derecho de conservar y el placer de hacer de sus edificaciones lo que le salga de los mismísimos, le guste o no a don Juan Marsé, a los académicos y catedráticos de literatura, y a todo el cortijo literario del panorama nacional. Y al que no le guste, que no lo lea, y santas pascuas.

Airado tiré el periódico sobre la mesa, y resoplé cual ballena herida por un arpón impío. Los estudiantes apenas levantaron la cabeza del enjambre que sus libros formaban, mientras, podría apostar pensaban: ¡Vaya con el pureta ese, que se pone estupendo leyendo esquelas!

Y no sé si fue la lluvia que vomitaba tenazmente sus envenenadas gotas de agua como saetas sobre el campanario, o el exceso de descafeinado o simplemente el repique de las siete que ponía fin a mi hora muerta en tierra de nadie, que me olvidé, debo confesarlo, de las estructuradas reglas ultra momificadas o embalsamadas del ex miembro del jurado del Premio Planeta, y yo también, me olvidé (y perdonen que me repita) de colgar el cuadro en este goyesco artículo. ¡Ironías de la vida!

2 comments:

Teresa, la de la ventana said...

Ante una hoja en blanco está el abismo. O sea, la libertad absoluta. Si nos quitan eso, apaga y vamonos.

Corso said...

Sobre la libertad absoluta, hablaré otro día. Gracias por entrar en mi página.

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